Un matrimonio en distintos planos

En este relato de cuento la historia de Laura y Manuel. Manuel fallece y Laura aprende paulatinamente el lenguaje de las almas para poder comunicarse con Manuel y continuar con su camino desde otra perspectiva muy diferente.

Era una mañana fresquita de finales de agosto, de las que no abundan.

Media hora antes de comenzar una sesión recibo una llamada de Carolina.

Había conocido a Carolina hacía justo una semana. Estuve en su consulta por recomendación de un amigo. Ella es osteópata, sanadora; Conectamos muy bien e intercambiamos nuestros teléfonos.

Carolina fue breve; cedió la llamada a Laura.

Al otro lado escuché a una mujer fuerte y rota al mismo tiempo. Laura, había perdido a su marido Manuel hacía menos de un mes. A Manuel le había tocado marchar con 46 años.

Ya sé que estáis pensando que a quién le puede tocar marchar con esa edad, pero si sigues leyendo quizás podamos contestar a eso.

Laura, como quien habla anestesiada a causa de un agotamiento mental producido por el dolor de una pérdida tan cercana, preguntaba con voz tenue y a la vez segura, si existía alguna posibilidad de que yo pudiera comunicarme con Manuel.

Al escucharla hice lo que hago siempre en estos casos, preguntar. Es como si lanzara mi pregunta al aire en búsqueda de esa alma. En ocasiones, cuando la persona se acaba de morir, su alma necesita tiempo para mantener una conversación, o todavía no sabe que ha fallecido y que no pertenece a este plano… Pero Manuel si estaba. Le contesté que sí.

Cuando colgué aquella llamada me invadió el terror por un momento; miles de preguntas de mi ego paranoico y escéptico empezaron a bailar en mi cabeza y a alimentar los monstruos que con tanto trabajo desactivo cada día: ¿Quién eres tú para darle voz a un hombre que se acaba de morir? ¿Te crees lo suficientemente especial como para hablar por medio de él con su viuda? ¿Y si le haces daño a esa pobre chica? ¿Y si todo esto te lo estás inventando? Esta última pregunta es la más peligrosa, la que más quema y la que más destruye. Afortunadamente he aprendido a desactivar estas bombas, y solo fue cuestión de minutos poder contestar a estas dañinas preguntas. Sí, soy lo suficientemente especial y confío en el canal que se me ha otorgado y abierto; Soy una chica de 20 años capaz de comunicarme con las almas; Es imposible que pueda hacer daño a esta chica porque hablaré desde el lenguaje del corazón; Sé que no me lo invento porque Manuel está aquí ahora mismo ayudándome. De repente me invadió un chorro de luz de esos que emergen desde dentro y se irradian por todos los poros de tu cuerpo y me puse muy feliz al ver el super reto que tenía delante de mis narices. Era la primera vez que acompañaba de forma tan directa en una pérdida.

Quedamos esa misma semana, fue un domingo por la tarde. Laura me envió la dirección de su casa. Normalmente me gusta trabajar en mi espacio pero prefería estar en el entorno de Manuel, sentirle todo lo cerca que pudiera.

Esa semana Manuel estuvo conmigo durante muchas horas, inspirándome confianza, dándome permiso y a través de mi, recordando claves de su vida que le habían llevado hasta ese estado.

Cuando llegué a la casa me quedé petrificada. “Mi trabajo es maravilloso”, pensé, y se me escapó una carcajada.

La semana anterior yo había estado dentro de un coche afuera de esa misma casa contemplando el paisaje; y es más, semanas antes había visitado por primera vez ese mirador y me había enamorado de aquella casa y de aquellas vistas, no podía ser casualidad. Busqué a Manuel en ese espacio infinito en el que viven las almas y se reía como quien se ríe cuando le han pillado haciendo uno de sus trucos.

Me sentí agradecida. Bajé del coche y busqué con la mirada a Laura. Ella aguardaba en la mesa del jardín con las piernas cruzadas, el puño cerrado sosteniendo el mentón, el cabello negro largo campando a sus anchas por la espalda y la mirada perdida.

Atardecer desde el mirador

ATARDECER DESDE EL MIRADOR

Reconozco que después de hacer esa observación tragué saliva para no montarme de nuevo en el coche e irme. Me mataba ver a aquella mujer tan grande y tan rota. Confié en Manuel y le pedí por favor que no me dejara tirada.

“¡Hola Laura!”, dije con un tono alegre, sin pensar, como ese tono de voz que aparece cuando estás hablando tu lenguaje y nadando en tu elemento. Activé el lenguaje del corazón y… ¡Para adentro!

Estuvimos en el jardín. Laura me ofreció una maxi-infusión y saqué mi cuaderno verde, las cartas aquella tarde no harían falta.

Manuel estaba deseoso de comunicarse con su querida esposa. Me abrumaban todos los mensajes y los sentimientos que canalizaba de amor, puro amor. Pocas veces había visto una relación tan intensa y tan pura.

Ya hemos hablado más de una vez que lo que los cuerpos sienten en vida y cómo se manifiestan o demuestran, no tiene por qué coincidir al cien por cien con los sentimientos y emociones que se posan cuando uno o los dos mueren. Hay relaciones que con la muerte de ambos se acaba, pues lo que tenían que experimentar y vivir se queda ahí. En otras palabras, ya se ha sanado o trabajado. Pero este no era el caso de Laura y Manuel.

Manuel estaba un poco desconcertado, quería relacionarse con ella como siempre. Añoraba tocarla, besarla, abrazarla, sentirla de una manera más terrenal. No tuve que decirle nada, fue él quien se dio cuenta de que eso ya no podía ser y sería mejor buscar otros modos de expresión. Por su lado, Laura carraspeaba impaciente, temerosa y me atrevería a decir que algo incrédula.

Dije algo que siempre se me olvida, porque para mi es evidente; “está aquí”, le señalé un punto en el espacio. Las almas van y vienen a su antojo, pero es verdad que si las ubicas en una dirección o en un punto lo suelen respetar, supongo que para no volverte loca.

Una de las primeras preguntas de Laura fue: “por qué”; aquel por qué encerraba incomprensión pero también dolor, miedo y enfado. De alguna manera no comprender lo que había ocurrido le hacía sentir un tanto abandonada.

Manuel empezó a revelarnos cómo había sido su viaje. Nos dijo cargado de emoción que ahora estaba comprendiendo muchas cosas que nunca se había llegado a plantear; nos contó que no había cuidado su cuerpo, había abusado de él; a través de esfuerzos físicos y mentales; no había sido consciente de que le habitaba un alma maravillosa.

Después de dejarle hablar un rato, volví en mi y posé mi mirada en Laura para ver cómo estaba recibiendo todo aquello. Entendía todo lo que le estaba diciendo pero insistía, “pero, por qué se ha ido”. Entonces le miré a los ojos y con mucho tacto le expliqué que funcionamos así. Vivimos aquí para tener esta experiencia y para aprender a cuidarnos, de alguna manera para llegar a nosotros mismos. Y además, existen unos tiempos y unos plazos y a Manuel se le vencieron esos plazos. No tengo todas las respuestas y no sé por qué no a todo el mundo se le vencen los plazos a la vez o de la misma manera.

También traté de explicarle que lo que Manuel había experimentado era un regalo y un aviso para ella. Fui consciente en todo momento de las palabras que estaba utilizando y de las circunstancias por las que atravesaba mi receptora pero el mensaje era claro. Manuel seguía hablando sin titubeos. Decía: “Te permito que transites un duelo pero no te permito un luto”, me encantó aquella frase, se la repetí a Laura un par de veces más durante nuestro encuentro y también en los encuentros siguientes.

¿Cuál es la diferencia? Transitar el duelo por una pérdida, ya sea una muerte, una separación, el final de un ciclo… es necesario, forma parte de oxigenar y curar una herida, mientras que arrastrar un luto es cargar con una cruz, una cruz que puede que sea nuestra pero ¿Por qué tenemos que cargar con una cruz? Nuestra cultura, en especial nuestra religión nos habla de cómo tenemos que llorar, enterrar y preservar en la memoria por siempre jamás a nuestros muertos. Y yo os pregunto, qué pasa, ¿que solo puede resucitar Jesucristo? ¿Sólo podemos alegrarnos por su resurrección? ¿El resto de los mortales nos morimos para siempre? Pues lo siento, no.

Con esta frase Manuel le exigía a Laura que fuera fuerte, que se permitiera su llanto, su duelo pero que no se encerrara en esas emociones. Porque el no aferrarse al dolor conlleva un obstáculo casi infranqueable para mucha gente: ¿No debo sentirme triste por la muerte de mi marido? ¿Debo de sentir culpa si no expreso o siento tanta tristeza como dicen que hay que sentir? Cuando empiezas a cambiar patrones y conceptos aparecen las resistencias a la nueva información y de la mano de ellas, las culpas. Por favor, huyamos de estos mecanismos, un mundo nuevo es posible tan solo si eliminásemos estos automatismos.

Las respuestas iban llegando y la información iba calando en Laura. Fue maravilloso trabajar con ella porque estaba dispuesta a aprender.

Me explicó que cuando estaba malito, la semana en que murió, compró unas velas blancas y las puso en casa. Yo no pude evitar reírme con dulzura. Le expliqué que con ese acto le ayudó a que se marchara.

“¡Cómo!”, exclamó con el gesto desencajado. Sí, yo hago poner velas a los familiares que acompañan a enfermos terminales para alumbrarles en el viaje. – Contesté.- Manuel se hubiera ido de todas formas, no te castigues porque no precipitaste nada que no fuera a ocurrir. Esto nos confirma que tienes una gran intuición que tienes que dejar salir. Tras unos cuantos sorbos a mi menta-poleo, le dije que una vez contestadas algunas preguntas acerca de Manuel, tendríamos que hablar de su trabajo personal.

Tienes que recoger el regalo que te ha dejado Manuel. Él yéndose ha despertado, a ti, te toca despertar con su ausencia. La vida funciona así. Te da toques, llamadas de atención hasta que algo te hace reaccionar. No provoques un toque de atención más personalizado, bástate con el que le ha tocado a tu compañero.

Hay personas que aprenden a partir de golpes y hay personas que son lo suficientemente sensibles como para aprovechar los golpes de otras personas para su propio aprendizaje.

Se había echado la noche, de repente comencé a sentir frío, había retornado por completo a este plano. Sentí que nuestra sesión por hoy había concluido.

Me dijo que quería volver a verme, yo le contesté lo que siempre contesto en estos casos; “escríbeme cuando quieras pero voy a hacer todo lo posible para que sigas avanzando sola, el trabajo es tuyo”.

Estaba pletórica, sentía que mi lenguaje del corazón había sintonizado a la perfección. Es extraño de explicar pero era como si hubiera formado parte de su cuerpo por dos horas y le hubiera compartido un montón de luz para que ella despertara la suya propia, su propia fuente de conexión y conocimiento.

Hemos seguido viéndonos. Sesión tras sesión Laura avanza a pasos agigantados, ahora mismos podría decir y digo que es uno de mi arquetipos de mujer a las que admiro.

Lo que más me enorgullece y emociona no es que Laura y Manuel puedan seguir comunicándose y amándose, lo que más me emociona es que estas navidades han celebrado las fiestas en familia; le han colocado una vela gigante en forma de estrella sobre la mesa para tenerlo presente. Han encontrado su lenguaje propio, su forma de hacer puente para comunicarse con él de corazón a corazón, de alma a alma.

Agradezco la ayuda que he recibido por parte de Manuel para escribir este post, agradezco que Laura me haya abierto las puertas de su casa, de su cuerpo y de su duelo.

Gracias.

Cielo rosado al atardecer.

VUELA FELIZ MANUEL.

 

 
Ana Brau

Soy canalizadora de Almas y mi trabajo consiste en transmitir mensajes de Almas a personas y viceversa. Una parte importante del proceso también es dar herramientas a la persona viva para que logre comunicarse con su propia Alma así como con las Almas que le rodean.

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